Durante más de dos siglos, los arqueólogos y estudiosos han intentado descifrar la función de unos pequeños objetos metálicos con doce caras encontrados en yacimientos romanos por toda Europa. Estos artefactos, conocidos como dodecaedros galo-romanos, continúan siendo uno de los enigmas más fascinantes de la arqueología, desafiando todas las teorías y resistiéndose a revelar sus secretos.
El descubrimiento de un misterio
Los dodecaedros romanos comenzaron a descubrirse en el siglo XVIII, principalmente en territorios que formaron parte del Imperio Romano en Europa occidental y central. Estos objetos de bronce o piedra presentan doce caras pentagonales con agujeros circulares de diferentes tamaños en cada cara, y pequeñas esferas o protuberancias en cada vértice. Hasta la fecha se han encontrado más de 100 ejemplares en países como Francia, Alemania, Suiza, Gran Bretaña, Bélgica y los Países Bajos. Curiosamente, ninguno ha aparecido en Italia ni en las provincias orientales del imperio, lo que añade un elemento geográfico al misterio. Los dodecaedros de bronce estaban hechos mediante fundición, probablemente usando el método de la cera perdida, lo que permitía crear formas complejas con precisión. Los de piedra, menos comunes, estaban tallados a mano con herramientas de metal. Cada cara pentagonal tiene un agujero circular cuyo diámetro varía de una cara a otra dentro del mismo objeto. Los vértices están decorados con pequeñas esferas o botones, y algunos ejemplares presentan grabados o marcas en sus superficies. La simetría y regularidad de estos objetos sugieren que seguían algún tipo de patrón o especificación, aunque no sabemos cuál era su propósito. Los agujeros de diferentes tamaños podrían haber servido para alinear visualmente objetos a diferentes distancias, funcionando como un primitivo telémetro.
La hipótesis astronómica y agrícola
Otra teoría plantea que los dodecaedros eran calendarios astronómicos o dispositivos de planificación agrícola. Los agujeros podrían haber sido utilizados para rastrear la posición del sol o las estrellas en diferentes épocas del año, ayudando a determinar los momentos óptimos para sembrar o cosechar. Esta hipótesis se apoya en el hecho de que muchas culturas antiguas utilizaban instrumentos geométricos para realizar observaciones astronómicas. Los romanos, conocidos por su precisión en la ingeniería y la agricultura, habrían tenido motivos para desarrollar herramientas de este tipo. En la numerología antigua, el número doce tenía connotaciones sagradas, apareciendo en contextos religiosos como los doce dioses olímpicos o los doce signos del zodíaco. Las esferas en los vértices podrían representar planetas o cuerpos celestes. Esta teoría explicaría por qué no hay referencias escritas a estos objetos: si formaban parte de ritos iniciáticos o prácticas mistéricas, su conocimiento habría sido reservado para iniciados y transmitido oralmente sin dejar rastro en documentos oficiales. Los agujeros de diferentes tamaños permitirían controlar el flujo de aire y, por tanto, la intensidad de la llama. Las esferas en los vértices facilitarían su manipulación incluso cuando estuvieran calientes. Los experimentos modernos han demostrado que efectivamente pueden funcionar como portavelas estables, aunque esto no prueba que ese fuera su propósito original. Muchos objetos pueden servir para funciones para las que no fueron diseñados.
Instrumentos de tejido o artesanía
Otra hipótesis fascinante propone que los dodecaedros eran herramientas para tejer guantes o fabricar cadenas de correo. Los agujeros de diferentes tamaños habrían permitido crear dedos de guante de distintos grosores, mientras que las esferas ayudarían a mantener la tensión del hilo. Esta teoría se ve respaldada por el hecho de que muchos dodecaedros se han encontrado en zonas del norte de Europa donde el clima frío habría hecho necesario el uso de guantes. Sin embargo, no existe evidencia arqueológica directa que conecte estos objetos con la producción textil. Los romanos eran meticulosos documentando aspectos de su vida cotidiana, tecnología y prácticas religiosas, pero ningún autor menciona estos objetos. Este silencio podría indicar varias cosas: quizás eran tan comunes que no merecían mención especial, formaban parte de conocimientos esotéricos que no se escribían, o simplemente tenían un nombre diferente que no hemos podido identificar en los textos supervivientes. Estos experimentos han demostrado que los objetos pueden servir para múltiples propósitos: desde medir distancias hasta funcionar como juguetes o instrumentos musicales rudimentarios. Sin embargo, la capacidad de un objeto para realizar múltiples funciones no nos dice necesariamente para qué fue diseñado originalmente. Los dodecaedros podrían haber tenido un uso específico que simplemente no hemos imaginado todavía.