En la Antigua Roma, enjuagarse la boca con orina era considerado un hábito de higiene dental perfectamente normal. La orina portuguesa era particularmente apreciada por su calidad superior. El negocio era tan lucrativo que el emperador Vespasiano creó un impuesto específico sobre su comercio, generando la frase inmortal «Pecunia non olet» (El dinero no huele). Y lo más sorprendente: científicamente, funcionaba.
Si alguien te dijera hoy que te enjuagues la boca con orina para blanquear tus dientes, probablemente llamarías a seguridad. Pero en la Roma del siglo I d.C., eso era exactamente lo que recomendaban los médicos más prestigiosos del imperio.
No se trataba de una práctica marginal de gente desesperada. Era un método respaldado por médicos, usado por las clases altas, y tan valioso comercialmente que los emperadores decidieron cobrar impuestos sobre él.
La historia de la orina como producto de higiene dental en Roma es fascinante porque mezcla química básica, ingenio práctico, comercio internacional y una de las frases latinas más cínicas jamás pronunciadas.
La ciencia detrás del asco: por qué funcionaba
Antes de que te horrorices completamente, entiende esto: los romanos no estaban locos. La orina contiene amoniaco (NH₃), un compuesto de nitrógeno e hidrógeno que es un agente de limpieza extremadamente efectivo.
Composición química de la orina:
- 95% agua
- 2,5% urea
- 2,5% mezcla de sales, minerales, hormonas y enzimas
Cuando la orina se deja reposar (fermentar), la urea se descompone y se convierte en amoniaco a través de un proceso bacteriano. Y el amoniaco tiene propiedades que los químicos modernos conocen muy bien:
Propiedades del amoniaco:
- Blanqueador natural: Rompe las manchas orgánicas y aclara superficies
- Antiséptico: Mata bacterias y reduce infecciones
- Desengrasante: Elimina residuos oleosos y película bacteriana
¿Suena familiar? El amoniaco sigue siendo un ingrediente común en productos de limpieza modernos, incluidas algunas pastas dentales. La diferencia es que hoy lo sintetizamos químicamente en lugar de extraerlo de orina humana.
La receta oficial: el dentífrico de Escribonio Largo
El médico romano Escribonio Largo, que vivió en el siglo I d.C., fue uno de los grandes promotores de la higiene oral en el Imperio. En sus escritos médicos, documentó varias recetas para el cuidado dental.
La fórmula clásica de pasta dental romana:
- Orina humana (envejecida hasta convertirse en amoniaco)
- Vinagre
- Miel
- Sal
- Cristal molido (vidrio finamente pulverizado)
Cada ingrediente tenía una función específica:
- Orina/amoniaco: Blanqueamiento y desinfección
- Vinagre: Ácido acético para disolver sarro
- Miel: Propiedades antibacterianas y endulzante
- Sal: Abrasivo suave para pulir
- Cristal molido: Abrasivo fuerte para eliminar manchas
Era, objetivamente hablando, una pasta dental bastante sofisticada para la época. Abrasiva, sí. Desagradable al gusto, probablemente. ¿Pero efectiva? Sin duda.
Plinio el Viejo, el famoso naturalista romano, también documentó recetas dentales aún más extrañas, incluyendo mezclas de «cenizas, cabeza de liebre, dientes de burro y extractos de cerebro de ratón». Comparada con eso, la orina suena casi razonable.
El comercio de la orina: una industria seria
La orina no se usaba solo para los dientes. Era un producto industrial fundamental en Roma con múltiples aplicaciones:
Usos principales de la orina en Roma:
- Lavandería (fullonicae): Los lavanderos profesionales (fullones) la usaban para limpiar, blanquear y teñir togas de lana. El amoniaco eliminaba grasa y manchas mejor que cualquier alternativa disponible.
- Curtido de pieles: Los curtidores la empleaban para ablandar y limpiar cueros de animales, aflojando la carne de las pieles.
- Higiene dental: Para blanqueamiento y limpieza bucal.
- Tintes textiles: Como fijador de color en telas.
Para facilitar la recolección, existían tinajas públicas (doliae) estratégicamente colocadas en las calles de Roma donde los ciudadanos podían orinar. Los recolectores profesionales recogían estas tinajas llenas, dejaban que la orina fermentara hasta convertirse en amoniaco puro, y luego la vendían a lavanderías, curtidores y otros comercios.
Y aquí viene el dato fascinante: no toda la orina era igual.
Orina de importación: la portuguesa era la mejor
Los romanos descubrieron que la orina portuguesa tenía una calidad superior para propósitos de limpieza y blanqueamiento. Se importaba específicamente desde Lusitania (Portugal) porque se consideraba más «fuerte» —probablemente debido a diferencias en dieta y concentración.
Imagina eso: barcos cruzando el Mediterráneo cargados con ánforas de orina portuguesa destinadas al mercado romano. Era un producto de lujo.
Las clases altas romanas, preocupadas por mantener sonrisas blancas y brillantes (símbolo de estatus y cultura), a menudo pagaban extra por orina importada de Portugal para su higiene dental.
Esto no es especulación: hay referencias en textos romanos sobre las diferencias de calidad entre orina local y la importada, y registros comerciales que documentan su transporte.
El impuesto de Vespasiano: «El dinero no huele»
En el año 70 d.C., el emperador Vespasiano se encontró con un problema enorme: el tesoro imperial estaba vacío. Roma acababa de salir de una devastadora guerra civil (el Año de los Cuatro Emperadores, 69 d.C.) que casi colapsa el imperio. No había una sola moneda de plata en las arcas.
Vespasiano, conocido por su pragmatismo brutal y su amor por el dinero, comenzó a imponer impuestos sobre todo lo que se moviera. Y cuando vio el tamaño de la industria de la orina, decidió gravarla.
El vectigal urinae (impuesto sobre la orina) fue aplicado a la recolección de orina en los baños públicos de Roma. Los artesanos que necesitaban orina para sus negocios —lavanderos, curtidores, y sí, fabricantes de dentífrico— tenían que pagar el impuesto por cada carga que compraban.
La respuesta más cínica de la historia
Tito, el hijo de Vespasiano y futuro emperador, estaba horrorizado. Consideraba el impuesto degradante y asqueroso. Se quejó a su padre: ¿cómo podía el emperador de Roma ganar dinero con algo tan repugnante como orina?
Según el historiador romano Suetonio, Vespasiano respondió de una manera memorable. Tomó una moneda de oro —parte de los primeros ingresos del impuesto— y se la puso bajo la nariz a Tito.
«¿Huele mal?», preguntó.
«No», respondió Tito.
«Atqui ex lotio est» («Y sin embargo, viene de la orina»), replicó Vespasiano.
De esta anécdota nació la frase latina Pecunia non olet («El dinero no huele»), que se sigue usando hoy para expresar que el valor del dinero no se mancha por su origen, por cuestionable que sea.
El legado de Vespasiano
El impuesto de la orina fue tremendamente exitoso. Ayudó a estabilizar las finanzas imperiales y financió proyectos públicos masivos. Vespasiano incluso introdujo los primeros baños públicos de pago en Roma en el año 74 d.C.
Hasta el día de hoy, su nombre permanece asociado con los urinarios públicos:
- En Francia: vespasiennes
- En Italia: vespasiani
- En Rumania: vespasiene
Cuando Tito eventualmente se convirtió en emperador tras la muerte de su padre en 79 d.C., una de sus primeras acciones fue… eliminar el impuesto de la orina. Pero el daño reputacional ya estaba hecho. Vespasiano pasó a la historia como el emperador que cobró impuestos sobre pis.
¿Funcionaba realmente el blanqueamiento dental con orina?
Sí. Objetivamente, funcionaba.
El amoniaco es un agente blanqueador efectivo. Rompe las manchas orgánicas en el esmalte dental causadas por alimentos, vino y otros pigmentos. También tiene propiedades antisépticas que reducen bacterias en la boca, lo cual ayuda a prevenir caries y enfermedad de las encías.
Las excavaciones arqueológicas en Pompeya y Herculano han revelado que los romanos de clase alta tenían una higiene dental sorprendentemente buena para su época. Estudios de esqueletos romanos muestran tasas de caries relativamente bajas comparadas con poblaciones medievales posteriores.
Esto se debía a varios factores:
- Dieta baja en azúcares: Sin azúcar refinada, menos caries
- Higiene oral regular: Uso de palillos (dentiscalpia), ramas masticables, pastas abrasivas
- Métodos efectivos: Sí, incluyendo orina como enjuague bucal
Un estudio de 2020 sobre salud dental romana confirmó que las élites romanas mostraban «un nivel de higiene dental sorprendentemente bueno», con evidencia de intervenciones complejas y uso regular de instrumentos de limpieza.
El mito celtíbero: la sonrisa española
Existe una referencia literaria fascinante sobre este tema. El poeta romano Catulo (siglo I a.C.) escribió un poema burlándose de un español llamado Egnacio, que presumía de tener dientes blanquísimos.
Catulo sugiere con sarcasmo que los celtíberos (pueblos de Hispania, la península ibérica) se lavaban los dientes con su propia orina cada mañana, y que cuanto más blancos tenían los dientes, más orina habían usado.
El poema es claramente una burla, pero revela algo interesante: la práctica de usar orina para blanquear dientes era conocida y se asociaba particularmente con los pueblos ibéricos, quienes supuestamente tenían dientes notablemente blancos.
Esto explica parcialmente por qué la orina portuguesa era tan valorada: si los hispanos tenían fama de dientes blancos y usaban orina local para conseguirlo, entonces la orina ibérica debía ser de calidad superior.
Otras prácticas de higiene dental romana
Para ser justos, la orina no era la única opción. Los romanos tenían todo un arsenal de técnicas de higiene dental:
Herramientas:
- Dentiscalpia: Palillos de dientes de madera de lentisco, oro o plumas
- Fórceps dentales: Para extracciones
- Raspadores de sarro: Sorprendentemente similares a los modernos
Pastas alternativas:
- Cenizas de huesos quemados
- Cáscaras de huevo trituradas
- Polvo de conchas marinas
- Piedra pómez pulverizada
Enjuagues:
- Vino con hierbas aromáticas
- Agua con sal
- Extractos de plantas medicinales
Tratamientos dentales:
- Coronas y empastes de oro
- Rellenos con plomo o seda
- Extracciones con anestesia (usaban narcóticos)
- Puentes dentales (especialmente los etruscos eran expertos)
Los romanos también desarrollaron grageas aromáticas para refrescar el aliento, predecesoras de los caramelos de menta modernos.
Del Renacimiento a la pasta dental moderna
El uso de orina para blanquear dientes continuó esporádicamente durante siglos. Hay registros del Renacimiento (siglos XIV-XVIII) donde todavía se mencionaba como método de blanqueamiento, aunque cada vez más marginalmente.
El verdadero cambio llegó con el desarrollo de la química moderna:
- 1916: Primera pasta dental con ácido clorhídrico
- 1918: Wallace Abbott (fundador de Abbott Laboratories) introduce el peróxido de hidrógeno como blanqueador dental, usando luz para acelerar el proceso
- 1930: El peróxido de hidrógeno es aceptado oficialmente como tratamiento de blanqueamiento
Hoy usamos amoniaco sintético en muchos productos de limpieza, incluidas algunas pastas dentales. La química es la misma que los romanos aprovechaban, solo que ahora la producimos en laboratorios en lugar de esperar a que la orina fermente.
Conclusión: ingenio romano ante limitaciones tecnológicas
La historia de la orina como producto de higiene dental en Roma es un ejemplo perfecto de cómo las civilizaciones antiguas trabajaban con los recursos disponibles para resolver problemas reales.
Los romanos no tenían laboratorios químicos para sintetizar amoniaco. No tenían peróxido de hidrógeno ni fluoruro. Pero observaron que la orina envejecida tenía propiedades blanqueadoras y antibacterianas, y la incorporaron a su rutina de higiene.
¿Era repugnante? Para los estándares modernos, absolutamente. ¿Funcionaba? Sí. ¿Era lo suficientemente valioso como para justificar un comercio internacional y un impuesto imperial? Aparentemente.
La próxima vez que aprietes tu tubo de pasta dental moderna con su amoniaco sintético, su fluoruro, y sus sabores artificiales de menta, recuerda: estás usando química muy similar a la que un romano del siglo I usaba. Solo que ellos la obtenían de una manera… digamos, más orgánica.
Y si alguna vez te encuentras en una situación donde alguien critica el origen cuestionable de una ganancia económica, ya sabes qué responder: Pecunia non olet. El dinero no huele. Aunque venga de la orina.