Mucho antes de que la electricidad iluminara los hogares europeos o que la calefacción central fuera común, un edificio majestuoso en Madrid ya disfrutaba de ambas innovaciones. En 1892, la Biblioteca Nacional de España se convirtió en uno de los primeros espacios culturales públicos del continente en incorporar tanto iluminación eléctrica como un sistema de calefacción moderna, estableciendo estándares tecnológicos que la mayoría de las instituciones similares tardarían décadas en alcanzar.
Un edificio para una nueva era
La Biblioteca Nacional de España, situada en el Paseo de Recoletos de Madrid, fue diseñada por los arquitectos Francisco Jareño y Antonio Ruiz de Salces. La construcción del edificio principal comenzó en 1866 y se completó en varias fases durante las siguientes décadas. Desde su concepción, el proyecto fue ambicioso no solo arquitectónicamente sino también en términos de infraestructura técnica. Los planificadores entendieron que una biblioteca moderna del siglo XIX requería más que estanterías y salas de lectura; necesitaba condiciones ambientales que preservaran las colecciones valiosas y proporcionaran comodidad a los lectores y al personal. Esta no era una decisión trivial; la electricidad era una tecnología emergente, costosa y, en opinión de muchos, arriesgada. Thomas Edison había perfeccionado la bombilla incandescente práctica solo en 1879, apenas 13 años antes. En 1892, la mayoría de las bibliotecas, museos y edificios públicos europeos aún dependían del gas o incluso de velas y lámparas de aceite para la iluminación. Estas fuentes de luz tradicionales presentaban problemas serios: la pobre calidad de luz que forzaba la vista, el peligro constante de incendio, y la contaminación del aire que dañaba los libros y documentos antiguos. La instalación eléctrica en la Biblioteca Nacional fue un proyecto de ingeniería significativo. Requirió un generador dedicado, cableado extenso, y lámparas especialmente diseñadas. El sistema debía ser confiable; los fallos en una biblioteca con lectores presentes podrían ser peligrosos y ciertamente inconvenientes.
Los desafíos de la implementación
Instalar sistemas eléctricos y de calefacción en un edificio del siglo XIX presentaba desafíos formidables. El edificio no fue diseñado originalmente para albergar estas tecnologías. Los cables eléctricos debían ser tendidos a través de paredes y techos sin comprometer la integridad estructural o estética. Las tuberías de calefacción requerían una plomería extensa. Ambos sistemas necesitaban mantenimiento regular por personal técnicamente capacitado, una especialización escasa en la época. El costo fue sustancial. Los fondos debían asegurarse no solo para la instalación inicial sino para la operación continua. El combustible para calderas (típicamente carbón), la electricidad (generada en sitio o comprada), y los salarios de los técnicos representaban gastos operativos significativos. Además, había escepticismo a superar. Algunos temían que la electricidad representaba un peligro de incendio (irónicamente, dado que reemplazaba llamas abiertas). Otros dudaban de la confiabilidad de tecnologías tan nuevas.
Comparación internacional
Para contextualizar más, consideremos ejemplos internacionales: La Biblioteca del Congreso en Washington D.C., inaugurada en su edificio actual en 1897, fue diseñada desde cero con electricidad y calefacción, pero fue construida cinco años después de las instalaciones en Madrid. La Biblioteca Bodleiana de Oxford, una de las más antiguas de Europa, adoptó la iluminación eléctrica de manera gradual y desigual a lo largo de las primeras décadas del siglo XX. La Biblioteca Estatal de Baviera en Múnich tuvo procesos similares de electrificación y calefacción extendidos sobre años. Que la Biblioteca Nacional de España estuviera entre las primeras es un testimonio de la visión de sus administradores. Las fluctuaciones extremas de temperatura y humedad son enemigas de los materiales bibliotecarios. El pergamino, el papel, el cuero, las telas, las tintas: todos sufren en condiciones ambientales mal controladas. Antes de la calefacción controlada, los inviernos fríos y húmedos de Madrid causaban condensación que promovía el moho. Los veranos calurosos sin ventilación adecuada aceleraban la degradación química. La calefacción central, aunque primitiva según estándares modernos, atenuaba estos extremos. Los documentos que sobrevivieron siglos en monasterios y archivos ahora disfrutaban de condiciones mejoradas en la Biblioteca Nacional, prolongando su vida útil para las generaciones futuras.