En los márgenes del mundo del arte contemporáneo existe un género perturbador que desafía nuestra capacidad de distinguir entre lo real y lo inventado. La superficción crea organizaciones ficticias, documentos falsos y narrativas elaboradas tan convincentes que espectadores, críticos e incluso instituciones las han aceptado como reales. Estos artistas no solo crean arte sobre la realidad, sino que fabrican realidades alternativas completas.
Definiendo lo indefinible
La superficción, término acuñado por el filósofo Peter Bürger, describe obras de arte que presentan elementos ficticios como si fueran reales, borrando deliberadamente la distinción entre el arte y la vida. A diferencia de la ficción tradicional que se presenta abiertamente como imaginaria, la superficción opera en zonas grises, engañando intencionalmente a la audiencia, al menos temporalmente. El concepto se relaciona con pero difiere de otras formas de arte engañoso. No es simplemente una falsificación, que busca beneficio económico. No es exactamente performance art, aunque comparte elementos performativos. Es algo más complejo: la creación de sistemas ficticios completos con su propia lógica interna y evidencia fabricada que los sustenta. Su proyecto «Fauna» (1985-1989) documentó presuntamente especies animales imposibles mediante fotografías, diagramas anatómicos y textos pseudocientíficos. Los especímenes, todos fabricados, se presentaron en exposiciones con la solemnidad de museos de historia natural. Muchos visitantes inicialmente creyeron que las criaturas eran reales. Otro pionero es el artista conceptual Michael Landy, aunque más conocido por otros trabajos. Su proyecto colaborativo creó empresas ficticias completas con logotipos, papelería corporativa, historias empresariales elaboradas y hasta empleados ficticios con biografías detalladas.
Yes Men y activismo mediante superficción
El dúo Yes Men ha llevado la superficción al ámbito del activismo político. Se hacen pasar por representantes de corporaciones o organizaciones gubernamentales, aceptan invitaciones a conferencias y hacen anuncios ficticios pero plausibles que exponen prácticas corporativas problemáticas. En 2004, haciéndose pasar por portavoces de Dow Chemical en la BBC, anunciaron que la compañía finalmente compensaría a las víctimas del desastre de Bhopal. El anuncio causó que las acciones de Dow cayeran temporalmente antes de que se revelara el engaño. Los Yes Men argumentan que sus superficiones son formas legítimas de crítica social y activismo, usando las herramientas de las relaciones públicas corporativas contra las mismas corporaciones. La superficción plantea cuestiones éticas complejas. ¿Está justificado engañar al público, incluso temporalmente, en el nombre del arte? ¿Dónde trazamos la línea entre la experimentación artística y el fraude? ¿Qué responsabilidad tienen los artistas hacia las audiencias que podrían ser genuinamente engañadas? Los defensores argumentan que la superficción revela cómo construimos el conocimiento y aceptamos la autoridad. Al demostrar que podemos ser engañados por presentaciones convincentes, estos artistas nos obligan a cuestionar nuestras asunciones sobre la realidad, la verdad y la autenticidad.
Casos ambiguos y controversias
No todos los casos de superficción son intencionales o artísticos. El autor J.T. LeRoy resultó ser un personaje ficticio creado por la escritora Laura Albert. Los libros, presentados como autobiográficos, ganaron aclamación crítica. Cuando se reveló el engaño, surgieron debates sobre si esto invalidaba el mérito literario de las obras. El caso de Nasdijj, un autor que afirmaba ser nativo americano y cuyas memorias resultaron ser fabricadas por un escritor blanco, plantea preguntas sobre la apropiación cultural además de la autenticidad. Estos casos muestran que la superficción puede tener consecuencias problemáticas más allá del mundo del arte. El Museo de Historia Natural de Londres exhibió especímenes imposibles creados por artistas junto a colecciones reales sin señalización que los distinguiera. Estas colaboraciones plantean preguntas sobre el contrato implícito entre museos y visitantes. ¿Tenemos derecho a esperar que las instituciones educativas nos presenten solo información verificable? ¿O pueden servir como espacios de experimentación donde se cuestionan nuestras asunciones?