Tabla de contenidos
- Crisipo: el filósofo que murió de risa
- Draco de Atenas: aplastado por la admiración
- Enrique I de Inglaterra: la lamprea vengativa
- Esquilo: asesinado por una tortuga voladora
- Tycho Brahe: demasiado educado para ir al baño
- Clement Vallandigham: la demostración que salió mal
- Franz Reichelt: el paracaídas que no funcionó
- Basil Brown: sobredosis de zanahorias
- Bobby Leach: sobrevivió las Cataratas del Niágara pero no una cáscara de naranja
- Garry Hoy: demasiada confianza en las ventanas
1. Crisipo de Soli (206 a.C.): Murió de risa viendo un burro borracho
El filósofo estoico Crisipo, conocido por su brillante intelecto y su sentido del humor, tenía 73 años cuando presenció algo que encontró hilarante: un burro comiendo higos. En ese momento, se le ocurrió el chiste perfecto: «¡Ahora dadle al burro una copa de vino puro para que se baje los higos!»
La broma era genial si entiendes la mitología griega: burro + higos + vino sin diluir = la santísima trinidad de símbolos del dios Dioniso. Para un estoico (que se suponía debía mantener el autocontrol), ver materializarse una broma dionisíaca perfecta fue demasiado. Murió en un ataque de risa provocado por su propio ingenio.
La ironía: un filósofo dedicado al autocontrol emocional murió por perder completamente el control riéndose de su propia broma.
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2. Draco de Atenas (620 a.C.): Aplastado por capas y sombreros
Draco fue un legislador ateniense famoso por crear leyes extremadamente severas (de ahí viene la palabra «draconiano»). Básicamente, castigaba con pena de muerte casi cualquier delito, incluyendo robar una col.
Su muerte fue perfectamente irónica. En la antigua Grecia, cuando querías mostrar aprecio por alguien en el teatro o eventos públicos, le lanzabas tu capa o sombrero al escenario. Draco era tan admirado que durante una presentación en el teatro de Egina, la audiencia le lanzó tantas capas, sombreros y prendas de vestir que literalmente lo enterraron vivo bajo una montaña de ropa.
Murió sofocado por el aprecio de sus fans. Es como morir ahogado en likes.
3. Enrique I de Inglaterra (1135): La lamprea prohibida
El rey Enrique I de Inglaterra ignoró el consejo médico de su época de la manera más real posible. Sus médicos le advirtieron repetidamente que no comiera lampreas (un pez que parece una anguila vampiro), porque le caían mal al estómago.
Pero Enrique era el rey, así que hizo lo que quiso. En 1135, durante una cacería en Normandía, comió «una comida de lampreas, que siempre le encantaban, aunque siempre le desagradaban», según el cronista Henry de Huntingdon. Le dio una indigestión tan severa que murió.
Lección: incluso los reyes deberían escuchar a sus médicos. O al menos no comer peces que parecen salidos de Alien.
4. Esquilo (456 a.C.): Asesinado por un águila que confundió su cabeza con una roca
Esquilo fue uno de los grandes dramaturgos de la antigua Grecia, padre de la tragedia. Escribió obras sobre héroes épicos enfrentándose a destinos trágicos e irónicos. Claramente, los dioses apreciaron la ironía.
Según Plinio el Viejo y Valerio Máximo, Esquilo estaba calvo. Un águila que había capturado una tortuga buscaba una roca para romper el caparazón y extraer la carne. Desde arriba, la cabeza calva y brillante de Esquilo parecía una roca perfecta.
El águila soltó la tortuga directamente sobre su cabeza. Esquilo murió instantáneamente, golpeado por un proyectil de tortuga lanzado desde el cielo. El maestro de la tragedia irónica recibió la muerte más trágicamente irónica posible.
5. Tycho Brahe (1601): Demasiado educado para ir al baño
Tycho Brahe fue uno de los astrónomos más importantes antes de la invención del telescopio. Sus observaciones precisas de los planetas fueron fundamentales para que Kepler desarrollara las leyes del movimiento planetario.
Pero Tycho tenía un problema: era demasiado cortés. En octubre de 1601, asistió a un banquete en Praga. Durante la comida, sintió ganas de orinar, pero consideraba de mala educación levantarse de la mesa antes que el anfitrión. Así que aguantó. Y aguantó. Y aguantó.
Según su biografía, «aguantar su agua» le causó tal daño que desarrolló una infección de vejiga severa. Murió 11 días después en agonía, aparentemente de una vejiga reventada o insuficiencia renal.
Estudió las estrellas durante décadas pero no pudo sobrevivir a un banquete por ser demasiado educado.
Actualización: Exámenes forenses posteriores sugieren que pudo haber sido envenenado con mercurio, pero la historia oficial sigue siendo la vejiga.
6. Clement Vallandigham (1871): El abogado que se mató demostrando su teoría
Clement Vallandigham fue un abogado y político estadounidense. En 1871 defendía a un hombre acusado de asesinato en Ohio. Su teoría de defensa era que la víctima se había disparado accidentalmente a sí misma al sacar su propia pistola.
Para demostrar que esto era posible, Vallandigham decidió hacer una recreación en su habitación del hotel. Tomó una pistola que pensaba que estaba descargada y demostró cómo la víctima pudo haberse disparado accidentalmente al sacar el arma de su bolsillo.
El problema: la pistola SÍ estaba cargada. Vallandigham se disparó en el estómago exactamente como había teorizado que le sucedió a la víctima. Murió al día siguiente.
La buena noticia: su cliente fue absuelto porque Vallandigham había demostrado de manera concluyente que el escenario era posible. La mala noticia: no vivió para ver su victoria legal.
7. Franz Reichelt (1912): El sastre volador
Franz Reichelt fue un sastre austriaco-francés obsesionado con crear un traje-paracaídas para aviadores. Estaba convencido de que su diseño funcionaba perfectamente.
En febrero de 1912, obtuvo permiso de las autoridades para probar su invento desde el primer nivel de la Torre Eiffel, supuestamente usando un maniquí. Pero cuando llegó el momento, Reichelt anunció que él mismo haría el salto.
Hay filmación del evento. Reichelt está en el borde, dudando visiblemente durante casi un minuto entero. Sus amigos intentan convencerlo de no saltar. Finalmente salta.
Su paracaídas de tela no se abrió. Cayó 57 metros y dejó un cráter de 15 centímetros de profundidad en el suelo helado. Murió instantáneamente.
La película sigue disponible en YouTube. Es perturbadora pero histórica: el momento exacto en que un hombre saltó a su muerte con total confianza en un invento que claramente no funcionaba.
8. Basil Brown (1974): Sobredosis de zanahorias
Basil Brown fue un «entusiasta de la salud» de 48 años en Croydon, Inglaterra, que creía firmemente en las mega-dosis de vitaminas. Consumía 10 galones de jugo de zanahoria en 10 días, además de píldoras de vitamina A.
Su médico le advirtió específicamente que dejara de tomar tanta vitamina A. Brown lo ignoró.
En febrero de 1974, Brown murió de insuficiencia hepática causada por hipervitaminosis A severa, esencialmente una sobredosis de vitamina A. Su piel se había vuelto amarillo brillante por el exceso de caroteno.
Murió literalmente de comer demasiadas zanahorias, algo que todos los padres del mundo te dicen que es imposible. Resulta que sí es posible, solo que extremadamente difícil. Tienes que intentarlo activamente.
9. Bobby Leach (1926): Sobrevivió las Cataratas del Niágara pero no una cáscara de naranja
Bobby Leach fue un acróbata y temerario que en 1911 se convirtió en la segunda persona (y el primer hombre) en sobrevivir una caída por las Cataratas del Niágara en un barril. Se rompió ambas rótulas y la mandíbula, pero sobrevivió.
Pasó los siguientes 15 años viajando por el mundo dando conferencias sobre su hazaña, ganando dinero y fama por ser «el hombre que venció las Cataratas del Niágara».
En 1926, mientras caminaba por una calle en Auckland, Nueva Zelanda, Bobby Leach resbaló con una cáscara de naranja. Se cayó y se rompió la pierna. La herida se infectó, desarrolló gangrena, y tuvo que amputarle la pierna. Murió de complicaciones dos meses después.
Sobrevivió una caída de 51 metros en un barril por una de las cascadas más grandes del mundo, solo para ser derrotado por una cáscara de naranja en una acera.
10. Garry Hoy (1993): Demasiada confianza en la ingeniería moderna
Garry Hoy fue un abogado corporativo de 38 años en Toronto, Canadá. Trabajaba en el piso 24 del Toronto-Dominion Centre. Era conocido por una demostración que le encantaba hacer a los visitantes: arrojarse contra las ventanas de vidrio del edificio para demostrar que eran irrompibles.
Lo había hecho docenas de veces sin problemas. El vidrio era efectivamente muy resistente.
El 9 de julio de 1993, Hoy estaba demostrando esto a un grupo de estudiantes de derecho de visita. Se arrojó contra la ventana como siempre. Esta vez, el vidrio no se rompió… pero el marco de la ventana sí cedió.
Garry Hoy cayó 24 pisos hasta su muerte, junto con la ventana completamente intacta. Técnicamente tenía razón: el vidrio era irrompible. Simplemente no consideró que el marco podría fallar.
Un ingeniero estructural comentó después: «Demostró que el vidrio es más fuerte que el marco. Desafortunadamente, lo hizo de la manera más dramática posible».
La lección de todas estas muertes tontas
Hay un patrón en estas historias: la mayoría involucra exceso de confianza, ignorar advertencias, o una ironía cósmica tan perfecta que parece escrita por guionistas sádicos.
Crisipo murió de risa siendo estoico. Draco, el legislador severo, murió por demasiado amor. Enrique I ignoró consejos médicos. Esquilo, maestro de la tragedia irónica, recibió la muerte más irónicamente trágica. Tycho fue demasiado educado. Vallandigham probó su teoría demasiado bien. Reichelt confió demasiado en su invento. Brown ignoró a su médico. Leach venció la naturaleza pero no una cáscara de fruta. Hoy confió demasiado en la ingeniería.
La muerte puede ser absurda, irónica, y completamente tonta. Pero también es un recordatorio: la línea entre la vida y la muerte es a veces ridículamente delgada, y el universo tiene un sentido del humor muy, muy oscuro.